Una bebida espesa, blanca y fermentada ha vuelto a capturar la atención de las nuevas generaciones en México. El pulque, elaborado a partir del aguamiel del maguey, está resurgiendo como símbolo de identidad, resistencia cultural y emprendimiento rural. Lejos de ser una moda pasajera, su renacimiento cuenta una historia de raíces profundas y reinvención colectiva.
Durante siglos, el pulque fue considerado una bebida sagrada en comunidades prehispánicas. Su vínculo con rituales religiosos y su valor simbólico como ofrenda a los dioses lo posicionaron como un producto de prestigio. Sin embargo, con la llegada del siglo XX y la expansión de la cerveza industrial, el pulque fue desplazado, estigmatizado y marginado.
Pulque y economía local: una nueva conexión
Hoy, esta narrativa cambia. Decenas de cooperativas, pulquerías modernas y productores locales están revalorizando su elaboración, desde Hidalgo hasta Puebla. Gracias a prácticas de producción sustentables y una creciente conciencia cultural, el pulque está entrando en nuevos mercados sin perder su esencia. Además, su contenido nutritivo y su bajo impacto ambiental lo hacen atractivo para consumidores que priorizan productos orgánicos y de cercanía.
De igual manera, el renacimiento del pulque ha estimulado circuitos turísticos rurales, experiencias gastronómicas y ferias culturales en torno a su historia. Esta reactivación económica fortalece comunidades que han apostado por rescatar el saber ancestral.
En agosto de 2025, la Secretaría de Agricultura mexicana reportó un incremento del 18% en la producción de aguamiel en comparación con el año anterior, destacando la vitalidad renovada de esta bebida emblemática.
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