La artista japonesa dejó una extensa obra que transformó los lunares, las calabazas y los espacios infinitos en símbolos del arte contemporáneo.
La artista japonesa Yayoi Kusama, reconocida mundialmente por sus lunares, calabazas y salas de espejos infinitos, murió a los 97 años. Su compañía informó que falleció el 14 de agosto en un hospital de Tokio, después de mantenerse activa artísticamente hasta sus últimos días.
La creadora desarrolló durante décadas una obra que abarcó pintura, escultura, instalaciones, performance, literatura y poesía. Su reconocimiento internacional llegó después de una trayectoria marcada por el rechazo inicial de parte del mundo artístico y por problemas de salud mental que influyeron profundamente en su trabajo.
Su compañía destacó que Kusama “siguió pintando hasta sus últimos días” y aseguró que continuará difundiendo su legado artístico.
Nacida en Matsumoto, Japón, en 1929, Kusama experimentó alucinaciones desde niña y posteriormente trasladó esas imágenes repetitivas a su obra. Su familia se opuso inicialmente a que estudiara pintura, pero ella continuó su formación y terminó trasladándose a Estados Unidos.
Durante la década de 1960 desarrolló parte de su carrera en Nueva York, donde llamó la atención por sus esculturas, performances y propuestas experimentales. En 1965 presentó sus famosas instalaciones de espejos y luces que producen la sensación de espacios infinitos.
Kusama también expresó durante años su frustración porque algunas de sus ideas aparecieron posteriormente en trabajos de artistas masculinos que recibían mayor reconocimiento dentro de las principales galerías.
Tras regresar a Japón, ingresó voluntariamente en un hospital psiquiátrico y convirtió ese entorno en parte de su rutina. Desde allí continuó trabajando durante décadas y acudía regularmente a su estudio para crear.
La trayectoria de Kusama experimentó un cambio decisivo durante las últimas décadas de su vida. En 1993 se convirtió en la primera artista en representar individualmente a Japón en la Bienal de Venecia, después de haberse presentado sin invitación al evento 27 años antes con una instalación de 1,500 bolas de espejos.
En 2001 recibió el Premio Asahi por su contribución cultural y artística. Sus exposiciones comenzaron a atraer a millones de visitantes y sus obras alcanzaron cifras récord. Una de sus pinturas se vendió por alrededor de 10.5 millones de dólares en 2022.
Su trabajo también llegó a grandes museos y a colaboraciones con firmas como Louis Vuitton. Las redes sociales ampliaron todavía más su popularidad gracias al impacto visual de sus instalaciones.
Los lunares se convirtieron en uno de sus elementos más reconocibles, mientras que las calabazas representaban para ella estabilidad, tranquilidad y nostalgia. Algunas de esas esculturas se transformaron en símbolos culturales de Japón.
Kusama alcanzó así en la etapa final de su vida el reconocimiento que le resultó esquivo durante buena parte de su carrera y dejó una de las obras más identificables del arte contemporáneo.
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